En los mercados financieros, un buen análisis técnico y el análisis cuantitativo operan de forma similar: extraen señales de los datos del precio y del comportamiento del mercado. El técnico lo hace a través de patrones, tendencias, soportes, resistencias y momentum; el cuantitativo trabaja esos datos y muchos más para hacer modelos matemáticos y/o estadísticos que puedan detectar patrones invisibles al ojo humano. Juntos, técnico y cuantitativo forman un poderoso detector de oportunidades, identificando momentum, rupturas, estructuras de acumulación/distribución y anomalías estadísticas. Pero estos análisis son la mitad de la ecuación. La otra mitad, y más crítica, es el análisis fundamental, que responde a la pregunta de si el negocio subyacente es sólido o estamos ante una trampa de valor disfrazada de oportunidad.
Muchos grandes inversores actúan en este sentido y tienden a combinar la riqueza de sus diferentes metodologías. El célebre inversor Stanley Druckenmiller lo explica: “El 75-80 % de mis ideas nacen de los fundamentales, pero nunca entro en una posición sin que el gráfico y el momentum la confirmen.”
Según sus declaraciones, Druckenmiller revisa cientos de gráficos cada mañana y usa indicadores técnicos como filtro de timing y convicción, pero nunca apuesta por ellos sin el análisis profundo del negocio que ratifique al precio.

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Eduardo Faus Ipiña
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