
Si el lunes pasado nos referíamos a la doble cara del oro, como activo refugio por un lado , al proteger al inversor frente a las eventuales turbulencias de los mercados, y como activo “real” por otro lado, al mantener su valor pese a la erosión de la capacidad de compra del dinero provocada por la creciente emisión de dólares, euros, yenes o yuanes por los Bancos Centrales, esta semana tenemos que referirnos a otra paradoja, la que se produce en el llamado “oro digital”, es decir, en el bitcoin.
El bitcoin, como el oro, también tiene dos caras. Por un lado, es una “criptomoneda”, y en ese sentido funciona como medio de pago, aunque por ahora su alcance como moneda o dinero sea todavía muy limitada, y se centre mayormente en la llamada economía “sumergida”, siendo todavía escasa su utilización como dinero en el comercio y en la vida empresarial. Pero por otro lado el bitcoin es un activo financiero, que cotiza en las plataformas de criptoactivos, y que se compra y se vende cada día, y tiene por tanto una cotización de mercado, medida en dólares.
Como medio de pago (dinero) el bitcoin añade liquidez al sistema, al añadir otro instrumento a los medios de pago oficiales ya existentes, a saber, el dólar, el euro y las demás monedas oficiales. Se introduce en el sistema “algo”, el bitcoin, que sirve para pagar o para colateralizar (garantizar) un crédito o un préstamo y que por tanto añade nueva liquidez a la ya existente. La emisión de bitcoins es en sí misma una autentica creación de dinero, no de dinero oficial, pero sí de dinero privado, y no olvidemos que el dinero privado es mucho más antiguo en el tiempo que el dinero oficial.
Pero es que, además, a medida que sube su cotización, el bitcoin añade más liquidez al sistema. Esto es así porque, al subir su cotización su capacidad para hacer pagos o para servir como garantía (colateral) de financiaciones también se amplía, necesariamente, y además, se produce un “efecto riqueza” que es aún más visible cuando el propietario de bitcoins los convierte en dólares o en euros.
La derivada de lo anterior es que el bitcoin, al añadir liquidez, contribuye a que el precio de los demás activos no monetarios suba, pero además se beneficia él mismo, como activo financiero, de ese impulso alcista. Y se crea una especie de círculo que se auto alimenta: sube el bitcoin, sube la liquidez del sistema y esa mayor liquidez hace subir todavía más al bitcoin, empezando de nuevo el círculo.
Tal vez ese círculo virtuoso es el que esté detrás de explosiones alcistas tan llamativas como la que vimos en la sesión del pasado miércoles en la tecnológica Oracle, que tras publicar resultados y tras anunciar tres grandes contratos para los próximos años se disparó al alza nada más y nada menos que un 36%.
Oracle es una de esas buenas empresas que, como Alphabet, a la que nos referíamos el lunes pasado, ha sabido posicionarse en el nuevo escenario económico y monetario que empieza, de forma todavía no muy nítida, a dibujarse, un escenario que, en todo caso, pasa inevitablemente por la inteligencia artificial. Pero en su explosión alcista de la pasada semana tal vez ha tenido algo, o mucho, que ver la trayectoria alcista del bitcoin, tal y como en cierto modo viene reflejados en el gráfico que adjuntamos.
Larry Ellison, el fundador de Oracle, dijo en la presentación de resultados del pasado jueves, que “no todos comprenden la magnitud del tsunami que se avecina con la inteligencia artificial”. Tal vez deberíamos añadir que seguramente no somos muy conscientes del tsunami monetario que puede provocar el mundo cripto, con el bitcoin a la cabeza.
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