
Al calor de los cambiantes mensajes de Trump y, en concreto, del mensaje del pasado miércoles de apertura de negociaciones con Irán, el petróleo, al que dedicábamos nuestra sección el lunes pasado, ha terminado la semana en el entorno de los 95 dólares por barril, rompiendo, por tanto, a la baja los cien dólares, tanto en el caso del Brent como en el del crudo ligero americano (WTI). Esa caída del crudo ha dado alas a las bolsas, que han protagonizado una semana espectacular, restableciendo así la correlación entre bolsas y petróleo, de forma que cuando el petróleo baja, las bolsas suben.
Esa subida de las bolsas la pasada semana se ha producido en medio de datos macroeconómicos no del todo buenos, sobre todo el del crecimiento del PIB norteamericano en el cuarto trimestre de 2025, que fue un decepcionante 0,5% anualizado.
El deslizamiento a la baja del crecimiento económico es seguramente una de las causas últimas de los problemas que vienen aflorando en el crédito privado, ya que los impagados van a más cuando el crecimiento no es alegre. Y como consecuencia de esos problemas las gestoras de crédito privado han experimentado fuertes caídas en sus cotizaciones.
Una de las principales es Ares Management Corporation, cuyo gráfico adjuntamos. Ares Management Corporation alcanzó su máximo histórico el 4 de febrero de 2025 en 200,5 dólares por acción, y el pasado viernes cerró en 100,5 dólares por acción tras perder la mitad de su valor. A pesar de la antes mencionada subida de las bolsas la semana pasada, la cotización de Ares MC cayó un 1,9% en la semana, lo que hace que desde el uno de enero pierda ya un 37,85% de su valor bursátil.
Más allá del impacto sectorial, la pregunta es si realmente los problemas en el crédito privado pueden tener un impacto sistémico, que pueda derivar en una crisis financiera similar a la que en el 2008 desató la quiebra de Lehman Brothers.
Aunque es cierto que, como ha dicho el presidente de JP Morgan, Jamie Dimon, lo normal es que la dimensión y escala de los problemas en el crédito privado sean mucho más amplias de lo que ha aflorado hasta ahora (la famosa teoría de las cucarachas, si ves una es que hay muchas más) hay muchas razones para pensar que no estamos ni mucho menos ante un escenario parecido al de la situación de la banca en el 2008.
La primera, y fundamental razón, es que en el caso del crédito privado el riesgo no está concentrado en unos pocos balances bancarios, sino distribuido entre muchos inversores. Esos inversores sufrirán pérdidas en sus respectivas posiciones, pero no hay un impacto a los balances bancarios. Incluso en el caso de los inversores es posible que en la mayor parte de los casos el impacto sea muy parcial, ya que lo normal es que tengan diversificado su patrimonio, y que el crédito privado no sea una parte mayoritaria del mismo.
Una segunda razón es que todo indica que la exposición de las carteras de crédito privado a activos tóxicos es muy inferior a la que en su día tuvieron los bancos con las llamadas hipotecas “subprime” y otros activos carentes del más mínimos soporte de valor. Habrá, sin duda, casos de impagos o de mala gestión de los riesgos, porque cuando hay un ambiente tan optimista y una sensación de bonanza económica tan fuerte como la que se ha vivido estos últimos años, siempre se relajan los criterios de concesión de créditos, pero no parece que estemos ante las auténticas aberraciones que se produjeron en la época pre Lehman.
Dicho lo anterior, las gestoras de activos alternativos, en general, y las de crédito privado, en particular, habían subido mucho, y cotizan a unos múltiplos de benéficos muy elevados que descuentan muy generosamente un crecimiento futuro que ahora se va a ver reducido. Sirva como ejemplo la propia Ares MC, que incluso después de la caída cotiza con un multiplicador de beneficios (PER) de 57,5 veces. El multiplicador de beneficios (PER) de Blackstone es de casi 30 veces beneficios y el de BlackRock es de 28,8 veces beneficio.
No es descartable, sino más bien todo lo contrario, que la corrección bursátil en el sector del crédito privado continúe su curso, pero se hace difícil pensar, ni siquiera de lejos, en un impacto negativo similar al que en su día tuvo la quiebra de Lehman.
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