Opinión 10 abril 2026

Economía industrial de guerra

Ocurra lo que ocurra con el alto el fuego de quince días acordado la noche del martes, la guerra en Irán tendrá consecuencias económicas y geoestratégicas de largo plazo. Entre ellas:

- Europa ya no puede contar con el apoyo incondicional de Estados Unidos en materia de defensa.

- Las necesarias inversiones en defensa y energía aumentarán la deuda pública.

- Se ha puesto de manifiesto que la economía actual depende de la disponibilidad continua de energía.

- Las cadenas de suministro basadas en la seguridad global son cosa del pasado.

- Europa es energéticamente muy dependiente de las importaciones, poniendo en riesgo la competitividad de la industria intensiva en energía.

- Las cicatrices de la actuación unilateral de EE. UU. en esta guerra dejarán serias heridas en numerosos de los socios tradicionales.

- Inevitablemente tendrá un efecto sobre el dólar a medio plazo.

Europa ya no puede contar con el escudo protector de EE. UU. en materia de defensa. El hecho de no permitir a Estados Unidos utilizar plenamente sus bases militares en suelo europeo hará que Estados Unidos se replantee sus compromisos militares con Europa. En palabras del secretario de Estado, Marco Rubio: “Si hemos llegado al punto en que la alianza con la OTAN nos impide usar esas bases para defender nuestros intereses, entonces es una situación irreversible”. Visto desde Europa, en palabras de Ursula von der Leyen, “la paz y la seguridad ya no pueden darse por sentadas”.

Inevitablemente, Europa se ve obligada a realizar un esfuerzo titánico para cubrir el déficit de inversión en defensa de las últimas décadas. La prioridad es la defensa y la tecnología relacionada con la defensa. Dicho esto, es inevitable seguir dependiendo durante un largo periodo de tiempo de la compra de material militar a Estados Unidos. Entre 2020 y 2024 dicho porcentaje fue del 64% del total de compra de material bélico.

Los inevitables incrementos de los gastos en defensa tensionarán más los déficits públicos y, casi con certeza, incrementarán los niveles de deuda pública de los países, presionando los tipos de interés al alza.

El cierre del estrecho de Ormuz ha puesto de manifiesto la dependencia que la economía tiene de la energía. Una interrupción de un relevante flujo de petróleo y gas ha traído consigo un problema de escasez de productos como el aluminio, el helio (componente esencial de los semiconductores), fertilizantes o azufre y ácido sulfúrico (claves para la minería de metales). En definitiva, un problema de oferta de petróleo y gas acaba teniendo un efecto en cadena en multitud de sectores, desde la agricultura y alimentación hasta el textil, los plásticos, minería, la metalúrgica o el vidrio y la cerámica. Pocos sectores se libran.

Durante décadas, la globalización permitió a las grandes empresas maximizar el rendimiento reduciendo los inventarios de seguridad. Ahora, prima la seguridad y la capacidad de absorber shocks en las cadenas de suministros, manteniendo inventarios estratégicos y márgenes de seguridad, aunque el rendimiento económico sea menor. Se ha pasado del “just in time” al “just in case”. Los tiempos de estabilidad global que permitían no contar con márgenes de seguridad han desaparecido.

Frente a la posición de cuasi suficiencia energética de Estados Unidos, Europa adolece de una crónica dependencia de las importaciones energéticas. El desarrollo de las energías renovables no es suficiente para lograr una mínima independencia energética. Y es, además, enormemente dependiente de los suministradores chinos.

Conviene recordar que hasta 2010 Europa producía más gas que Rusia. Las políticas energéticas europeas, con unos precios del gas industrial y de la electricidad industrial sensiblemente superiores a los pagados en EE. UU. o en China, hacen difícilmente competitiva la producción industrial intensiva en energía frente a estos competidores.

Ahora, en lugar de buscar una política de máxima autosuficiencia energética, se estudia gravar con más impuestos a las energéticas europeas por los beneficios extraordinarios que puedan conseguir por el shock de oferta actual.

La actuación de EE. UU. durante la guerra de Irán y las desavenencias con muchos de sus aliados tradicionales dejarán profundas heridas que tardarán tiempo en cicatrizar. Sería razonable que parte del comercio internacional dejara de utilizar el dólar como moneda principal de intercambio, especialmente en las operaciones de petróleo y gas. De hecho, actualmente, ya hay algunos países que están consiguiendo que petroleros y metaneros que van a sus costas puedan pasar el estrecho de Ormuz al pagarse la mercancía en yuanes en lugar de en dólares.

A medio plazo, una vez finalizada la fase actual del conflicto, es previsible un menor apetito por el dólar, aunque, a día de hoy, tampoco hay una divisa alternativa que le pueda hacer sombra.

Aunque los mercados financieros esperan una vuelta a la normalidad existente antes del inicio de la guerra, las consecuencias del conflicto son profundas y de gran calado.



Artículo escrito por Jesús Sánchez-Quiñones, Consejero-Director General de Renta 4 Banco, en El Economista.





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