Ethereum necesitó casi cuatro años para volver a superar su récord histórico, pero lo hizo el pasado viernes con una subida explosiva hasta los 4.879 dólares, impulsada por la expectativa de recortes de tipos en EE.UU. y el apetito de tesorerías corporativas y ETFs.
Sin embargo, la euforia duró poco: apenas dos días después, un whale descargó 24.000 BTC (2.700 millones de dólares) y desencadenó una venta masiva que borró 623 millones en posiciones apalancadas, arrastrando a bitcoin y al resto del mercado.
El martes, la corrección llevó a BTC por debajo de 109.000 dólares y a ETH a retroceder un 13% desde sus máximos, antes de encontrar cierto suelo el miércoles alrededor de los 110.000. Una montaña rusa en cuestión de horas.
Más allá de la volatilidad inmediata, agosto deja señales estructurales. Por un lado, los flujos institucionales se han desviado con fuerza hacia Ethereum con entradas netas de 3.690 millones de dólares en ETFs durante el mes, mientras bitcoin registra salidas superiores a 800 millones, en lo que parece un claro inicio de rotación hacia altcoins.
Por otro lado, los bancos centrales han pasado a acumular más oro que deuda estadounidense por primera vez desde 1996, un hecho que subraya la pérdida de confianza en los activos de papel frente a los activos duros. Oro, bitcoin y ahora incluso ETH o SOL en tesorerías corporativas forman parte de un mismo movimiento: la búsqueda de instrumentos finitos, resistentes a la inflación y fuera del alcance de los bancos centrales.
La política amplifica estas dinámicas. Trump defendió esta semana que los stablecoins serán clave para mantener la primacía del dólar como moneda de reserva global, pero en Europa el mensaje se leyó de forma opuesta: en Bruselas se perciben como una amenaza directa para la estabilidad financiera y la soberanía monetaria del euro.
El BCE reconoce que, sin una respuesta estratégica, los stablecoins en dólares podrían restar protagonismo al euro en pagos y reservas internacionales, y algunos funcionarios advierten incluso de riesgos para la transmisión de la política monetaria. De ahí que la agenda del euro digital, hasta ahora planteada con cautela y limitaciones de uso, se esté reabriendo en clave defensiva: no como una innovación, sino como una necesidad frente a la presión de las monedas estables.