Ideas de inversión

Precios máximos

Carlos Arenas Laorga

Gestión de activos

Desde hace miles de años, los gobernantes han venido aplicando de modo continuado la política de precios máximos. Una política especialmente seductora para aquellos que ostentan el poder, por la facilidad de atracción del favor del ciudadano.

Los precios máximos consisten en imponer forzosamente un precio a un bien o servicio. Este precio será siempre inferior al que naturalmente se establecería en un intercambio libre. Las autoridades deciden unilateralmente qué determinado bien debe mantener un precio concreto.

El hecho de que un bien o servicio tenga un precio forzoso inferior al natural suele venir impuesto por la idea de que las personas con menos recursos podrán acceder a él de un modo más sencillo. Así pues, los precios máximos suelen estar presentes en los productos más básicos de alimentación, higiene, salud, etc. Además, son situaciones comunes de precios máximos los periodos de guerra, inestabilidad institucional, crisis económicas, malas cosechas, y cualesquiera situaciones en las que los gobernantes consideren que las personas con menor capacidad adquisitiva tendrán dificultades para comprar el bien intervenido.

Ejemplos históricos de estas medidas son contados por millares. En Roma, con el Edictum De Pretiis Rerum Venalium de Diocleciano, se imponían precios máximos a más de 1.300 productos. En cada situación bélica, como en la II Guerra Mundial, o en la España de posguerra y, en cada situación de crisis o inestabilidad, como en la Venezuela de Maduro, también se imponen precios máximos. No obstante, en muchas situaciones de estabilidad y prosperidad, también se recurre a la imposición de precios máximos.

En principio, todos nos alegramos cuando un producto básico, de alimentación, por ejemplo, disminuye su precio por una imposición gubernamental de precios máximos. Esto quiere decir que los demandantes de este producto -todos los ciudadanos- encontraremos más asequible su adquisición en las tiendas. Pero analicemos qué efectos se derivan de esta medida tan social.

 

En la ilustración de precios máximos podemos ver gráficamente el efecto de esta imposición en las curvas de oferta y demanda. En primer lugar, tenemos un mercado sin intervenir en el que la cantidad demandada “Q” tiene un precio en el mercado de “P”.

Supongamos que el producto del que estamos hablando es uno tan básico como la leche. Por diversas circunstancias -escasez de vacas, catástrofe natural, situación de guerra- se impone un precio máximo sobre la leche que obliga a disminuir el precio de “P” a “PMax”. En este nuevo contexto los ciudadanos podrán adquirir la leche a menor coste, con lo que la cantidad demandada de leche aumentará. Todos queremos la leche a un menor precio, incluso gratis si fuese posible. Y, a un menor precio, más personas demandarán más cantidad de leche.

En el gráfico podemos ver esta situación en que, al nuevo precio “PMax”, la demanda es muy superior a la oferta. El efecto es doble, pues no sólo aumenta la cantidad de leche que quieren los ciudadanos, sino que sucede otro efecto muy pernicioso: a ese nuevo precio no serán muchos los ofertantes de leche que quieran seguir produciendo, con lo que la oferta disminuye. Es decir, se produce una escasez. No sólo serán menos los oferentes de leche -porque no estén dispuestos a vender su leche a un precio tan bajo-, sino que muchos de ellos no podrán producirla a ese precio de venta sin pérdidas y se verán obligados a cerrar por quiebra. Esa variación al alza de la demanda y el decremento de la oferta de leche darán como consecuencia una escasez de producto.

Es probable que el precio máximo se impusiese en un primer momento por una escasez relativa de producto, que hacía que el precio fuese elevado (a ojos de la autoridad). Por este motivo es por el que se suelen establecer los precios máximos en situaciones de crisis, guerras, etc. No se duda de la intención del gobernante, pero los efectos de la medida son contrarios a los pretendidos.

Hemos podido ver el primer efecto del establecimiento de los precios máximos: se intenta resolver una situación de escasez y se genera una mayor. Pero este efecto de la escasez de producto no es el único. La gran mayoría de explicaciones sobre los precios máximos se centran en este efecto de generación de escasez, pero no es, ni siquiera, el peor de los efectos que se desencadenan cuando una autoridad impone, manu militari, los precios.

El efecto más perverso que generan los precios máximos es la expulsión del espíritu empresarial del mercado. Los empresarios se mueven por las señales que perciben, que son los beneficios. En un sector intervenido donde las señales están distorsionadas, a la baja en este caso, el incentivo será a desviar los recursos escasos a otros sectores con mayores tasas de beneficio. Esto hace que no sólo haya una escasez de leche, sino que se produzca una escasez estructural al alejar a los empresarios de este sector. Pero no sólo la leche experimentará el efecto de los precios máximos…

El menor precio de la leche hace que más personas quieran adquirir leche y los productores de leche que tuvieran costes relativamente más altos dejan de producir por quiebra. Los escasos productores que quedan en el mercado tienen el incentivo de marcharse a otros sectores donde la rentabilidad sea mayor. Como la previsión de que apenas haya productores de leche es real, la autoridad trata de mantener la rentabilidad de los productores de la leche abaratando su coste de producción, verbigracia rebajando por decreto el precio del forraje que los productores de leche tienen que comprar para alimentar a sus vacas.

De este modo, el beneficio de los productores de leche no queda tan mermado y se mantiene algo de producción de leche. Ahora bien, los mismos efectos de la leche se repiten con el forraje. La producción de forraje mengua y el gobierno ha de tomar la misma medida de imponer precios máximos a los productos necesarios para hacer el forraje… Esta cadena se va agrandando, de modo que el gobierno impone los precios máximos sobre multitud de productos. Imaginemos un precio máximo para el pan. Habría que imponer un precio máximo posterior a la harina, luego otro al grano…

Y mientras el gobierno ve cómo sus medidas de lucha contra la escasez provocan más escasez, ¿qué sucede con los ciudadanos? Al existir una demanda alta de un bien y una producción escasa (no hay leche para todos), se organizan colas. Los primeros en las colas podrán obtener leche, pero los últimos no alcanzarán a poder adquirir el producto. Como esta situación es intolerable, pues muchas personas necesitadas no pueden adquirir leche, el gobierno impone un racionamiento a la leche. Este racionamiento se ha vivido en numerosos países como consecuencia de los precios máximos. En España tenemos el recuerdo muy cercano y lo vemos aún en otros países hoy en día.

Las cartillas de racionamiento hacen que el poco producto se distribuya entre la abundante demanda, resultando del todo insuficiente al ciudadano. Esto provoca comportamientos poco lícitos entre los funcionarios encargados del suministro de las cartillas de racionamiento, pues el medio para poder conseguir suficiente leche será el “amiguismo” con aquellos funcionarios administradores. Se pervierte el comportamiento ético de la ciudadanía con la corrupción. Además, ante la falta de abastecimiento de productos básicos es muy posible que se recurra a la violencia a fin de conseguirlos: asaltos a tiendas, atracos, robos… El efecto moral de estas medidas es tan malo como el efecto económico. Pero vamos a centrarnos en los efectos de teoría económica.

¿Cómo se trata de paliar la escasez? Existe una demanda no satisfecha para el producto intervenido y la creatividad del ser humano y su tendencia a lograr sus fines llevará a que, de algún modo, se pueda consumir mayor cantidad del bien restringido. En este caso, ante la imposibilidad gubernamental de conseguir el bien, surgirán mercados paralelos alternativos en donde se comercialice el producto escaso. Es lo que se conoce por mercados negros.

En estos mercados se podrán adquirir los productos escasos que el gobierno ha intervenido, con algunas diferencias: el precio del producto será bastante más elevado que el fijado por el gobierno e incluso más alto que el que existía antes de la imposición de los precios máximos. En primer lugar, porque la demanda sigue superando a la oferta ampliamente, es decir, existe una escasez relativa del bien. En segundo lugar, porque hay un sobrecoste por la ilegalidad de la venta: los mercados negros operan al margen de la ley y eso añade un riesgo para los productores y vendedores de estos mercados que queda reflejado en el precio de venta. No obstante, es gracias a ellos por lo que muchas personas seguirán siendo capaces de consumir productos básicos, si bien sea a un precio superior al que habrían podido obtener en otras circunstancias. Es decir, esos mercados negros de estraperlistas y especuladores al margen de la ley harán que mucha gente no sufra de un modo tan intenso las consecuencias de la escasez provocada por los precios máximos.

Los precios máximos pueden imponerse también a productos y servicios que no son de primera necesidad. Un ejemplo típico es la imposición de “techos salariales” a los directivos. Esta medida, al tratarse de precios máximos, generará un problema de escasez de producto. En este caso serán los directivos el “producto” que comenzará a ser escaso tras la aplicación de esta medida. Y siempre que se apliquen políticas de precios máximos se conseguirá este efecto contrario al que se pretende: una enorme escasez del bien o servicio que se regule.

Ejemplos que sirven para ilustrar los efectos perniciosos de estas políticas los contamos a miles, en la annona romana de la República o actualmente en Venezuela. Los precios máximos son políticas muy atractivas para aquellos gobernantes que quieran perpetuarse en el poder, pues suponen la rebaja de bienes y servicios de consumo habitual entre la población. No obstante, los efectos conseguidos siempre serán los contrarios a los pretendidos y, además de tener que modificar ulteriormente los precios de otros productos, finalmente se producirá una situación peor de escasez, colas, violencia, racionamientos, mercados negros y de mala asignación de recursos en la estructura productiva de la economía.

Uno de los ejemplos más recientes lo tenemos en el conocido “milagro económico alemán”. Siete millones de muertos bañan las ciudades de Alemania. Asolada por la guerra, Alemania no es sino un conjunto de ruinas. Los países Aliados toman Berlín en mayo de 1945 y se produce un hecho atónito: las potencias vencedoras, portadoras de la libertad frente al nacionalsocialismo, mantienen las regulaciones que se encuentran vigentes en el país derrotado.

La delicada situación de la economía alemana hizo pensar a los aliados que, si eliminaban las restricciones imperantes y la amalgama de regulaciones impuestas, esta no sobreviviría. Alemania llevaba años arrastrando unas imposiciones muy numerosas (para hacerse una idea, en un país en el que la gente se moría de hambre, los precios de los cosméticos eran superiores a los de los alimentos) que llevaron a controlar los precios a pesar de la terrible expansión monetaria sufrida. No obstante, los mercados negros abundaban, hasta ocupar en ocasiones más del 50% de los intercambios. Los precios de los alimentos eran muy superiores en estos mercados (hasta incluso un 75%), pero era en el mercado negro donde se podían adquirir los bienes necesarios para no morir de hambre. La moneda estaba “muerta” y gran parte de los intercambios se hacían por trueque. Hasta tal punto perdió confianza la moneda que se hizo habitual pagar los salarios en especie o, al menos, una parte de ellos.

Ante esta situación y por diversos azares, Ludwig Erhard es nombrado en 1949 Ministro de Economía de la República Federal Alemana bajo el gobierno de Adenauer. Erhard era el encargado, por parte de los aliados, de gestionar la zona estadounidense e inglesa desde el año anterior. Ludwig Erhard fue discípulo de Röpke, economista liberal, versado en Mises y con amplios conocimientos de economía. Este economista era la antítesis de las políticas económicas militaristas mantenidas por los aliados (y asesores economistas como John Kenneth Galbraith).

Pensando en la situación patética que le tocaba administrar y conocedor de la teoría económica, Erhard introdujo el 20 de julio de 1948 una reforma monetaria consistente en eliminar los más de 135.000 millones de marcos y reemplazarlos por 9.000 millones de marcos nuevos; una reducción de la oferta monetaria de un 93%. Una vez que el sistema monetario fue rehabilitado, se podían hacer las siguientes reformas. Erhard asumió la plena responsabilidad de la siguiente medida que tomaría: la abolición de todos los precios máximos de la economía en un solo decreto. La declaración fue anunciada en un fin de semana en el que las autoridades aliadas no se encontraban en Alemania. La noticia de este decreto no autorizado supuso un shock en los mandos de gobierno. Hasta tal punto que se cuenta que, el general Clay, mando máximo de las fuerzas norteamericanas, dijo a Erhard con respecto a esta abolición de precios: “Todos mis asesores me dicen que sus medidas son muy desaconsejables en estos momentos”. Y este le contestó: “Es curioso. Los míos me dicen lo mismo”.

Las medidas de abolición de precios máximos rápidamente fueron reprochadas con huelgas sindicales, con críticas por utilizar políticas “neoliberales”, desacreditadas por militares y economistas, censuradas como políticas inhumanas al dejar sin cartilla de racionamiento a millones de personas, etc. En cambio, las calles de las ciudades se inundaron de mercados improvisados de pan, huevos, carne, leche, patatas, etc. ¿Dónde estaban estos productos días antes? Ocultos por los precios máximos.

Los precios de la estructura productiva se reajustaron rápidamente (los precios de los alimentos aumentaron relativamente mientras que los de los mercados negros caían) y las críticas cedieron a la evidencia.

Esta política de eliminación de precios máximos fue una de las que propició el conocido “milagro económico alemán” o Wirtschaftswunder. Poco tiempo después, la Alemania de los aliados sería la envidia de Europa por el crecimiento, aumento de bienestar de su población y recuperación de todo el tejido industrial y productivo.

Artículo escrito por Carlos Arenas, publicado en su libro La valentía de la ignoracia: Economía de sobremesa.

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